Ya estamos en Enero y en lo que va del invierno solo he recibido una postal.
Me la envió un amigo europeo que –según deduje por la estampilla– viajaba por Mongolia y se limitó a darme un saludo y firmar con su nombre. Del otro lado, una fotografía a color mostraba un desierto dividido por colinas con parches, sin ninguna insinuación de vegetación o el menor indicio de vida. Ahí mismo, en caracteres ilegibles para mí, estaba escrito el nombre del lugar. Me alegró inmensamente recibir una postal, incluso una así de enigmática. Esta pieza de correo, abandonada en la recepción de un hotel, en un buzón o en la oficina postal hizo un viaje desconocido y seguramente arduo en camión, tren, camello, burro –o lo que fuera– y finalmente en avión, para llegar a mi casa, pensé.
Hasta hace algunos años, difícilmente pasaba un día sin que el cartero trajera una postal de un amigo o conocido que estaba de vacaciones. Hoy en día, lo más probable es que recibas un correo electrónico con una fotografía o, si son tus nietos los que viajan, un breve mensaje diciendo que su vuelo se retrasó o que ya llegaron a su destino. Lo increíble de las postales era su inmensa variedad. No solo era probable encontrar en el correo la torre Eiffel, el Taj Mahal o cualquier otra atracción turística famosa; también era posible recibir alguna postal con la foto de una cafetería de carretera en la mitad de Iowa, el cerdo más grande de alguna feria del sur de Estados Unidos o incluso una funeraria ofreciendo la excelencia profesional que le ha merecido buena reputación entre sus clientes por más de cien años. Casi todos los negocios en Norteamérica, desde un fotógrafo de perros hasta un sofisticado resort & spa, solían tener su propia postal. En mi experiencia, las personas con el hábito de mandar este tipo de tarjetas se podrían dividir en aquellas que escogen imágenes convencionales de lugares famosos y quienes se deleitan mandando imágenes cuyo mal gusto garantiza conmoción o risas.
Entiendo el impulso. Cuando estás en Roma, todos en casa esperan una postal del Coliseo o del techo de la Capilla Sixtina: mándales en cambio una pizzería de barrio con cinco mesas pequeñas y tres plantas de interior, en la que aparezca el anciano dueño junto a su mujer, ambos limpiándose las manos en sus delantales con amplias sonrisas. Los amantes de las postales pintorescas y kitsch pasan todas sus vacaciones buscando un ejemplar especialmente escandaloso para entretener a sus amigos, mientras sus cónyuges consultan guías turísticas serias y caminan por horas con los ojos aguados en algún museo lleno de importantes cuadros y esculturas.
Una vez encuentran la postal adecuada, se enfrentan al problema de qué escribir al respaldo. No es suficiente un saludo convencional. Algunos detalles del viaje y unas cuantas opiniones acerca del país que visitan estarían bien, pero aún mejor es inventarse algo ingenioso, pues cada postal se escribe con una persona particular en mente. Sin lugar a dudas, se escribe de forma distinta para los amigos y para los padres, quienes siempre temen lo peor cuando uno está lejos. Así, al sentarse a mandar noticias a casa, es tentador hacer algo no convencional y usar el escaso espacio asignado a la escritura para divertirse un poco:
Queridos mamá y papá:
Perdimos hasta el último centavo, y llevamos las tarjetas de crédito al tope en Las Vegas, y hemos estado haciendo autostop desde entonces. De vez en cuando pasamos la noche en la cárcel para aprovechar la comida local que sirve la policía de Texas. Les gustará escuchar que un sacerdote arrestado por manejar borracho, con quien compartimos celda hace poco, nos dijo que nos vemos como una pareja de mártires de la primera etapa del cristianismo.
Besos



yo y el